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COLOMBIA

¿Por qué, señor presidente?

Mucho disfrutó el presidente Santos los computadores de Mono Jojoy. Cada vez que se sintió corto de tema en un discurso –lo que le ha ocurrido con alguna frecuencia–, o que quería engalanarse con alguna revelación imprevista, sin vacilar nos daba cuenta de algún contenido especial de esas páginas electrónicas. ¿Por qué, siendo tan adicto a esas lecturas, nunca nos hizo saber que su autor había ordenado nuestra muerte?


	Mucho disfrutó el presidente Santos los computadores de Mono Jojoy. Cada vez que se sintió corto de tema en un discurso –lo que le ha ocurrido con alguna frecuencia–, o que quería engalanarse con alguna revelación imprevista, sin vacilar nos daba cuenta de algún contenido especial de esas páginas electrónicas. ¿Por qué, siendo tan adicto a esas lecturas, nunca nos hizo saber que su autor había ordenado nuestra muerte?

Es cierto que sabíamos desde hacía años que nuestro nombre y nuestra sentencia recorrían los computadores de tan detestables sujetos. Cuando logró escapar con vida de un ataque militar un tal Lozada, nos corrieron traslado del documento en el que presentaba nuestra biografía y daba cuenta del estudio de nuestros movimientos y del lugar y el sitio en que debíamos morir acribillados. De igual manera fuimos advertidos de la existencia de otros computadores –por lo menos de uno– con parejo contenido. Pero del de Jojoy nunca se nos hizo mención. Un aviso no solo habría actualizado nuestras preocupaciones, sino que las habría hecho más rigurosas. ¿Por qué, señor presidente, no nos dijo nada sobre un documento en el que se nos condenada?

No vamos a incurrir en la bajeza de asegurar que el comportamiento de nuestro equipo de seguridad hubiera sido otro, que los dos escoltas sacrificados estarían con vida y que no estaríamos soportando los padecimientos que soportamos. Todo eso se pierde en un "tal vez" con el que no es legítimo escribir la historia ni levantar acusaciones. Sólo diremos que no nos jugó limpio, señor presidente, y que debió ser leal con quienes corríamos peligro y transparente en su actuación como mandatario.

Hemos venido a saber, por la misma imprevista vía de noticieros que gozan de su favor, que los hijos del presidente Uribe, los del vicepresidente Francisco Santos y los míos se habían convertido en objetivo de estos canallas. Le podemos asegurar, presidente, que si nos llegara noticia parecida sobre sus hijos no nos la guardaríamos. ¿Por qué obró de manera tan vil ante la amenaza que pesaba sobre unos jóvenes que no tienen por qué figurar en la lista de sus odios? ¿Por qué?

Cuando se produjo el fatídico atentado, para nadie era un secreto que debía atribuirse a las FARC. Solamente a su juicio y al de su director de la Policía, el general Naranjo, correspondía absolver a quienes nos amenazaban desde hacía diez años y comprometer a un grupo desconocido y misterioso, una tal extrema derecha que se guardó bien en decir dónde está, quiénes la forman y por qué querría matarnos. Ese grupo misterioso sería el mismo que puso una bomba al monumento de Laureano Gómez, sin que sepamos, hasta ahora, una palabra más de ese atentado.

¿Por qué? ¿Por qué desviar una investigación obvia y perder en ella tiempo precioso, como ocurrió con los crímenes de Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado? ¿Nos quería entretener diez  o quince años con una investigación fallida, para reemprender la ruta cuando del atentado no quedara ni lejana memoria? ¿Por qué?

No podemos aceptar que la Seguridad del Estado no tuviera la más remota noticia de que las FARC se habían hecho, por medio de ETA e Irán, con bombas lapa, ni que usted no se preguntara si ese explosivo –y los técnicos que saben manejarlos– pudiera haber desembarcado de un avión procedente de Teherán. No olvide que cuenta usted con un nuevo amigo, el mejor de los suyos, que mantiene nutrida correspondencia con esa gente. Algo podría preguntarle, nos parece. Pero ni una palabra sale de sus labios. ¿Por qué?

A algunos se puede engañar, por algún tiempo. Pero no a todos indefinidamente, señor presidente.
 

© Diario de América / lapatria.com 

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