Parece claro que la enorme burbuja bursátil que reventó en 1929, el cierre de las fronteras al comercio a través del mayor arancel de la historia del país en 1930, la falta de ajustes en los precios relativos, especialmente en los salarios, a partir del 31, la quiebra masiva de bancos hasta 1934 o los déficits ridículamente keynesianos de Roosevelt espolearon buena parte de ese prolongado estancamiento. Sin embargo, cuesta creer que no haya ningún otro factor que explique la postración de la que era y volvió a ser una de las economías más prósperas del mundo.
La discusión es especialmente relevante, pues en cierta medida nos sirve como espejo para la situación actual: qué no deberíamos repetir para, así, favorecer la recuperación.
El economista e historiador Robert Higgs apunta en
un muy recomendable artículo que el eslabón perdido en la explicación puede ser la enorme incertidumbre sobre el futuro del país que generó el despotismo y el intervencionismo de Roosevelt. No es un misterio que los inversores sólo están dispuestos a inmovilizar su dinero en procesos productivos si la rentabilidad esperada supera el riesgo. Una parte de ese riesgo depende, obviamente, del propio proyecto empresarial, pero otra parte lo hace de las condiciones políticas en que esa inversión se enmarque (imperio de la ley, impuestos bajos, solidez institucional, estabilidad monetaria...).
La razón por la que muchas tiranías lastran el desarrollo de los países que las padecen no son sólo los altos impuestos o las regulaciones del momento, sino también la incertidumbre que generan. Los inversores se preguntan: ¿se duplicarán los impuestos?, ¿nacionalizarán mi industria?, ¿en qué marco normativo me tendré que mover? Así pues, no se trata sólo de que la ley del momento sea buena, sino de que la del futuro
previsiblemente también lo sea.

Higgs recoge cómo durante la Gran Depresión la inversión privada fue desmoronándose; lo haría a lo largo de la década, pese a que la economía aparentemente crecía y por consiguiente las perspectivas mejoraban. Si en 1929 suponía el 16% del PIB, en 1943 apenas alcanzaba el 3%.
La razón de este desplome hay que buscarla en la incertidumbre que generó sobre los agentes privados el inflacionismo legislativo y ultraintervencionista del presidente demócrata: varias leyes bancarias, la ley de recuperación de la industria nacional, la ley de reservas de oro, la ley de creación de la SEC, la ley de relaciones laborales, la ley contra la discriminación de precios o las diversas leyes fiscales fueron sólo algunos ejemplos de un éxtasis constructivista que generó serias dudas en la comunidad inversora sobre cuál iba a ser el rumbo de los Estados Unidos.
El propio Higgs cita, entre muchos otros ejemplos, la encuesta que realizó la revista
Fortune en 1941 entre los altos ejecutivos estadounidenses: ante la pregunta sobre cuál creían que iba a ser el sistema económico del país una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, un 36,7% respondió que "una economía semisocializada donde hubiese muy poco espacio para lograr beneficios". Incluso un 3,7% esperaba "una dictadura fascista y comunista". Sólo el 7,2% creía que volvería a ver una economía más libre, en línea con los estándares previos a la guerra, y la amplia mayoría, el 52,4%, auguraba "un sistema económico en el que el Gobierno controlará muchos servicios públicos que antes regulaba el mercado, pero donde todavía habrá numerosas oportunidades para la empresa privada".
En cualquier caso, los datos revelan que más del 40% de los empresarios estadounidenses pensaba que el libre mercado y la empresa privada iban a abolirse tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué incentivo para invertir suponía semejante perspectiva?
Esta novedosa tesis de Higgs sobre la incertidumbre generada desde los estamentos políticos parece haber recibido un fuerte espaldarazo con la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos y con su reciente giro populista tras la derrota demócrata en Massachusetts.
No descubriré el Nuevo Mundo si digo que sobre el futuro de la primera economía mundial se cierne una gran interrogante después de que el ex senador por Illinois ganara las presidenciales, hace algo más de un año. Obama ha enarbolado desde el principio la bandera del
cambio, y en su programa aparecían contenidas diversas propuestas para
reformar –es decir, socializar–los sistemas financiero, impositivo, industrial, sanitario y energético, por citar sólo unos cuantos. Desde Europa se ve a Obama como el Mesías destinado a terminar con el tradicional modelo económico y social estadounidense, como el elegido para europeizar (esclerotizar) a la potencia mundial.

Sin embargo, durante éste su primer año de mandato los acontecimientos no han discurrido por donde esperaba. Una parte significativa de la sociedad americana se ha resistido a ser tiranizada, a sucumbir bajo la bota del intervencionismo más obtuso. La derrota demócrata en Massachusetts, conocida el mismo día en que Obama cumplía un año en el cargo, puso la guinda a un curso político en que el salvador de Estados Unidos no ha dejado de perder brillo y popularidad.
Tal vez fruto de una pataleta, al día siguiente de ese varapalo Obama decidió poner patas arriba el sistema financiero nacional. El jueves 21, en una rueda de prensa a la que acudió flanqueado por la plana mayor de su equipo económico, anunció el restablecimiento de algunas de las normativas que habían estado vigentes desde Roosevelt a Clinton, y a cuya derogación se atribuye (incorrectamente) la gestación de la actual crisis. Al instante, el Dow Jones y el S&P 500, los dos índices bursátiles más importantes del país, se derrumbaron como hacía tiempo no sucedía. El primero bajó casi un 3%, y el segundo un 2,6.
Aunque la caída de ese día era en parte comprensible por las nuevas limitaciones que se establecían a que los bancos pudieran inflar el crédito en los mercados, no creo que el grueso de la
culpa fueran tanto los detalles de la regulación (algunos de ellos, aunque insuficientes,
van en la buena dirección) sino la
pose abiertamente populista que adoptó Obama al presentarla:
Parece que la tentación populista es demasiado irresistible para un político con dificultades. El problema es que el populismo y la incertidumbre asociada al mismo son enemigos de la economía de mercado. Obama ha iniciado un camino cuya meta todavía desconocemos pero que, si sigue por los mismos derroteros, no nos puede llevar a nada bueno. Todavía es pronto para saber si se trata de un simple berrinche izquierdista o de una amenaza con mucho recorrido por delante; prueba de ello es el rebote que este lunes ha registrado la bolsa americana. Aun así, el mero hecho de que dudemos ya es en sí mismo un problema que lastra la recuperación.