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"POR AHORA": DIEZ AÑOS DE CHÁVEZ EN EL PODER

La respuesta social: no futuro

La incontinencia verbal de Hugo Chávez es de sobras conocida. Y casi a diario padecida por sus conciudadanos. Medio siglo llevan los cubanos sufriendo la de su propio comandante, el modelo y mentor político de aquél, que sin duda ha aprendido bien la lección.

La incontinencia verbal de Hugo Chávez es de sobras conocida. Y casi a diario padecida por sus conciudadanos. Medio siglo llevan los cubanos sufriendo la de su propio comandante, el modelo y mentor político de aquél, que sin duda ha aprendido bien la lección.
A los venezolanos les inflige maratonianas sesiones de monólogos televisados, retransmitidas desde los canales oficiales o en cadena. En cadena: la expresión no puede ser más certera. La suprema aspiración de Chávez no es otra que encadenar, noche y día, a los venezolanos. A su verbo y voluntad.
 
Una versión totalitaria, con ribetes tropicales, del infausto "¡Vivan las caenas!". Que en el caso de Venezuela no deja de tener su punto añadido de perversidad, ya que en su himno nacional retumba, en el primer verso de la primera estrofa, un sonoro "¡Abajo cadenas!". Siempre que puede, eso sí, Chávez realza su ironía catenaria con un toque a la Alfred Jarry: como Ubú Rey, por su boca discurre un albañal. No contento con encadenar a los venezolanos a su verbo destemplado ("El presidente ha hecho de su yo un verbo que conjuga a toda hora", diagnostica Alberto Barrera Tyszka), entretiene a su público cautivo con versiones más o menos alejadas del ubuesco Merdre!
 
Antonio Pasquali, teórico de la comunicación (o como dirían los franceses, con su habitual pedantería: "mediólogo"), se ha tomado la molestia de cuantificar los discursos de Chávez transmitidos por radio y televisión en sus casi 10 años de gobierno: hasta mayo de 2008, los venezolanos han tenido que tragarse nada menos que 2.544 horas de sermones ubuchavescos, "el equivalente a 318 días laborales: un año y medio hablando entre siete y ocho horas diarias".
 
Pero la voluntad de encadenarlo todo y someterlo a su procaz voluntad no es, siquiera, la faceta más nociva del comandante. El mismo investigador ha lanzado una campaña para alertar a sus compatriotas y los medios internacionales sobre las amenazas a la libertad de expresión y comunicación que supone la "cubanización" de las telecomunicaciones puesta en marcha por el régimen de Chávez. Además de haberse hecho con el control, vía nacionalización, de la compañía telefónica nacional (Cantv), el Gobierno venezolano ha impulsado el tendido, entre La Guaira y Siboney, de un cable submarino de fibra óptica de 1.552 kilómetros de longitud, con una capacidad de 160 GB/seg. Pasquali se pregunta:
En las condiciones actuales, ese cable es inútil. Venezuela no tiene un tráfico con Cuba que justifique 160 gigabytes segundo, es una locura muy sospechosa. ¿Para qué va a servir? Temo lo peor. Con una décima parte de la capacidad de ese cable se pueden desviar a La Habana todas las conversaciones telefónicas venezolanas, fijas y celulares, para filtrarlas y espiarlas.
¿Delirio proyectivo? ¿Conspiranoia? ¿O previsor sentido común? No parece exagerado suponerle a Chávez el deseo de controlar por todos los medios (con o sin juego de palabras) a una sociedad que bajo su férula se ha visto sometida a los más insanos experimentos de ingeniería social. Así, por ejemplo, las llamadas "misiones", impulsadas por Chávez tras el golpe de estado que lo depuso durante unas horas en 2002 (en uno de sus habituales delirios, el presidente venezolano acusó al Rey de España de fomentarlo), y sobre todo después de comprobar que la sociedad venezolana salía de su letargo y era capaz de tomar las calles en multitudinarias manifestaciones de protesta, y aun de lanzar una huelga general. El punto álgido de ese primer pulso entre el comandante y un número creciente de venezolanos, que ya no bastaba con tachar de "oligarcas" o "escuálidos" para obviar su existencia, fue, a mediados de 2004, el referéndum revocatorio. Una consulta plagada de irregularidades, aunque oportunamente bendecida por los observadores de la OEA y el Centro Carter. Si no por otras razones, que también las hay, esta sola debería bastar para descalificar en adelante a estos dos tan prestigiosos como inútiles organismos.
 
Hugo Chávez, abrazando a una seguidora.El caso es que Chávez, en 2002, le vio las orejas al lobo. Y decidió apretar el acelerador para conducir a Venezuela lo más rápidamente posible al radiante porvenir de su "Socialismo del siglo XXI". Las misiones fueron su primer vehículo. Vendido como proyecto asistencial a las poblaciones más desfavorecidas del país –sobre todo pero no exclusivamente a los habitantes de los barrios marginales en medio urbano–, las misiones están provistas de dos objetivos doctrinales y políticos diáfanos: promover la "identidad bolivariana" y consolidar el apoyo a Chávez y su Gobierno entre las bases electorales más proclives a simpatizar con el nuevo régimen. Es decir, las misiones son, entre otras cosas, maquinarias clientelares.
 
No son opinables las carencias de ese gran número de venezolanos, estimado en casi la mitad de la población, en el acceso a todos los servicios sociales básicos, de los médico-asistenciales a la educación. Es una evidencia, que sólo los ciegos o los imbéciles pueden negar, que ellos han sido, durante décadas, "los olvidados" del petrolero y derrochador Estado venezolano. Tampoco hace falta ser muy perspicaz para comprender la utilidad de las misiones como instrumento de adoctrinamiento, encuadramiento y dominación ideológica de los venezolanos más inermes. La nocividad de este proyecto del chavismo, que muestra una de las facetas más integristas del régimen, reside, sin embargo, en sus efectos a largo plazo sobre las funciones del Estado.
 
A la tradicional ineficacia y ocasional corrupción de las instituciones oficiales, la solución del comandante no ha consistido en reformar y regenerar, sino en cortocircuitarlas. ¿Que el Ministerio de Educación incumple el objetivo de integrar en el sistema escolar a los venezolanos más pobres? Se crean las misiones Robinson y Ribas. ¿Que en los barrios marginales no hay ambulatorios o centros de atención primaria? En ellos se instala la misión Barrio Adentro, que además se pone en manos de personal médico traído de Cuba. ¿Que hay que garantizar el suministro de alimentos básicos a esas poblaciones? Para eso está la misión Mercal. Mientras, los ministerios y el sinfín de instituciones y organismos dependientes del Estado pueden seguir dedicándose a lo que mejor saben hacer: gestionar ineficazmente el presupuesto nacional.
 
En otras palabras, la gran obra social de Chávez es un Estado bis, la construcción en paralelo al Estado oficial de otro entramado institucional, que depende de éste pero presenta el agravante de estar aún menos que el primero sometido a control. No se piense que exagero. Alrededor de cada misión, como de los grandes escualos, gravita un número indeterminado y cambiante de organismos parásitos. Así, Mercal devino en empresa (Mercado de Alimentos Mercal C. A.), con un único accionista, la Corporación Venezolana Agraria (CVA), inicialmente adscrita al Ministerio de Agricultura y Tierras (hoy, Ministerio del Poder Popular para la Agricultura y Tierras), y posteriormente al MINAL o Ministerio de la Alimentación (inevitablemente también rebautizado Ministerio del Poder Popular ad hoc). ¡Fantástico! Antes de la llegada de Chávez al poder, el Estado venezolano era uno de los más hipertrofiados de América Latina; cuando haya pasado el chavismo, Venezuela tendrá el dudoso privilegio de contar no con uno, sino con dos Estados: el oficial, como siempre lastrado por todos los vicios burocráticos, y otro paralelo, que es su reflejo desquiciado. Y pensar que en España nos quejamos, y con razón, del derroche y la ineficiencia que se derivan del redoblamiento de la Administración central por las burocracias locales de las diecisiete comunidades autónomas.
 
Origen y consecuencia de la desagregación del Estado venezolano, el control autocrático ejercido por Chávez ha liquidado cualquier vestigio de funcionamiento "normal" de las instituciones. Ramón Espinasa, ex economista jefe de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), resume el actual ejercicio del poder por el presidente venezolano y sus nefastas consecuencias:
No hay división de poderes al interior del Estado, y toda decisión la toma en última instancia el presidente. El presidente ha concentrado en sí todos los poderes del Estado, de facto, él es el Estado. Dado que, por razones naturales, su capacidad es limitada, se ha creado, paradójicamente, un archipiélago de poder al interior del Ejecutivo y entre los distintos Poderes, sin ningún control formal entre partes. Un desgobierno donde, entre otros males, pulula la corrupción. Han desaparecido los pesos y contrapesos que aseguran un mínimo de funcionamiento en una democracia moderna.
El agresivo intervencionismo de Chávez en todos los ámbitos de la vida venezolana, su utilización personalista y torticera de las instituciones y su manifiesto desprecio por las libertades públicas, ¿qué reacciones han encontrado en la sociedad local? Las primeras manifestaciones notables de oposición al nuevo régimen, ya se ha dicho, se remontan a 2002. Pero la oposición política ha cometido una serie de graves errores. Por descontado, el grotesco golpe de estado de 2002, que sólo sirvió para relegitimar la presidencia de Chávez; posiblemente, la huelga de Pdvsa, a fines de ese mismo año, que sus dirigentes no supieron o pudieron detener a tiempo; y, sin lugar a dudas, la estrategia suicida de no presentarse a las elecciones legislativas de 2005, entregándole a Chávez el control pleno del Congreso. Lentamente, sin embargo, lo que suele llamarse "la sociedad civil" ha comprendido que su participación política es tan decisiva, si no más, que la que se desprende del tradicional juego entre partidos políticos.
 
Pero un dato es enormemente desalentador: la abstención, en Venezuela, roza el 40 %. Según el periodista y empresario Edgar Cherubini Lecuna, "aproximadamente un 70% de los venezolanos no se identifica con ningún partido político", y "si en las próximas elecciones regionales de noviembre, esa masa neutral tomara partido y votara por los candidatos a gobernadores y alcaldes de la oposición, lo haría más por hartazgo y desesperación que por atracción de los líderes y partidos opositores". Y Teodoro Petkoff recuerda:
Todos los partidos políticos juntos no llegan al 20% de la opinión política del país. Los dos grandes partidos tradicionales son hoy grupúsculos precarios, aunque se mantienen vivos y activos. La oposición organizada en partidos y organizaciones civiles navega, sin embargo, sobre la ola de un porcentaje de la población que adversa a Chávez y que en cada elección se ha movido entre el 43 y el 50% del total de los votos válidos. Esa es la inconmovible base social (clase media, clase obrera organizada, parte de la pobrecía urbana y, desde luego, burguesía) de unos partidos precarios y débiles pero vivos. Debe señalarse que ahora las dos referencias partidistas más importantes del país son Un Nuevo Tiempo (UNT), ligeramente a la izquierda del centro, y Primero Justicia (PJ), a la derecha del centro, pero moderno, no reaccionario.
En un contexto como éste, en el que hacer política desde los partidos o como ciudadano votante significa apoyar al Gobierno o adversarlo, es muy difícil que aparezcan propuestas de cambio capaces de aglutinar a una mayoría significativa de venezolanos. Sin duda, el gran prestigio y el protagonismo de algunas ONG y del movimiento estudiantil también son reveladores del eclipse de la política tradicional en Venezuela. Pero asimismo, y al menos por ahora, son la única baza con la que los venezolanos saben –al menos, desde la derrota de Chávez en las urnas en diciembre de 2007, a la que contribuyó no poco el vigoroso movimiento estudiantil– que pueden contar para salir de la desesperanza de un desgobierno despótico.
La revolución de Chávez –dice Milagros Socorro– tiene magnates, pistoleros, mafiosos que transportan maletines repletos de dólares para financiar campañas electorales en países extranjeros, tiene aliados en Irán, en la dictadura de medio siglo de Cuba, en la casa de Mugabe, pero no tiene sindicalistas, estudiantes, universidades autónomas, y muy pocos escritores e intelectuales. Este sector, por cierto, ha mantenido una conducta ciudadana de la que uno puede sentirse orgulloso. El país tiene en sus principales intelectuales y artistas una reserva moral incalculable.
Que ojalá contribuya a desmentir el agorero título que encabeza estas líneas.
 
 
Nota: Las citas no referenciadas son respuestas a cuestionarios que la autora de esta serie ha sometido a venezolanos –periodistas, escritores y especialistas en diversas áreas– en las últimas semanas.
 
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