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VENEZUELA

Hugo Chávez y el Bosón de Higgs

Nada tienen que ver, desde luego, pero el inicio de los experimentos del CERN para demostrar la existencia de una hipotética partícula elemental ha coincidido con el último estallido verbal de Hugo Chávez. No es sensato y ni siquiera de buen gusto hilar metáforas, pero la más reciente pataleta de este elemental demagogo debiera servirnos, al menos, para recordar que los dictadores avanzan y se afianzan en el universo del poder político también gracias al estallido controlado de big bangs retóricos.

Nada tienen que ver, desde luego, pero el inicio de los experimentos del CERN para demostrar la existencia de una hipotética partícula elemental ha coincidido con el último estallido verbal de Hugo Chávez. No es sensato y ni siquiera de buen gusto hilar metáforas, pero la más reciente pataleta de este elemental demagogo debiera servirnos, al menos, para recordar que los dictadores avanzan y se afianzan en el universo del poder político también gracias al estallido controlado de big bangs retóricos.
Hugo Chávez.
Así que ahora, cuando para advertir de los supuestos peligros que corre el planeta con el experimento del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) se ha puesto de moda citar a Albert Einstein y el Apocalipsis de San Juan juntos y revueltos, parece lógico recordar una de las máximas del padre de la física moderna: "Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy seguro de lo primero". O, para variar de registro y volver al que corresponde, el político, aquello que bien sabía el primer gran dictador de los tiempos modernos, Napoleón Bonaparte: "En política, la estupidez no es una desventaja".
 
La peculiar idea que Hugo Chávez se hace del ejercicio del poder parece justificar estos apotegmas y unos cuantos más que cualquiera puede fácilmente sacarse de la manga. Pero no estoy segura de que la mejor manera de analizar y comprender los reiterados big bangs de Chávez sea hilando metáforas o prodigando citas ingeniosas. Tampoco parece útil despachar los exabruptos del presidente venezolano con las sempiternas fórmulas despectivas o insultos zoomórficos de tan genéricas cuan certeras resonancias racistas. A menos, claro está, que previamente decidamos renunciar al análisis racional de fenómenos políticos para entregarnos a los placeres –que también los tendrá, no lo dudo– de la estupidez.
 
Quién sabe, quizás esto tenía en mente Einstein o el general corso: la infinita capacidad de los humanos para demostrar torpeza en la comprensión de las cosas (que es la definición de la estupidez que da el DRAE) no sólo encarna en tal o cual mandatario; ojalá así fuera: el resto de los mortales estaríamos relativamente a salvo. Sin duda, hay más de un responsable político que actúa estúpidamente, pero difícilmente podría salirse con la suya sin un número ingente de ciudadanos de a pie dispuestos a ver en ello sólo una muestra de estupidez o a quitarle hierro a cuenta de lo mismo. Quizá la más perversa forma de sagacidad en un político consista precisamente en ostentar o fingir estupidez para desactivar cualquier tentativa de escrutinio racional de sus actos. Algo parecido, por cierto, ya aconsejaba Sun Tzu en El arte de la guerra.
 
Estúpido parece, en efecto, dar por amortizado a Chávez a cuenta de sus grotescas y vulgares intervenciones públicas. No es éste el lugar para hacer inventario de las salidas de tono del presidente venezolano en los diez años de ejercicio del poder que está a punto de cumplir. Baste su más reciente botón de muestra. Eso sí: conste que si se pone aquí el foco en el vistoso botón no es para denostar y fustigar una vez más a un personaje para quien denuesto y fustigación, diría Aristóteles, van emparejados con su esencia.
 
No tengo empacho en reconocer que en Hugo Chávez no veo, y no he visto nunca, un loquito de atar o un trickster con incomprensible mando y plaza: a lo mejor es ambas cosas y unas cuantas más, pero ni la psiquiatría clásica ni la teoría junguiana de los arquetipos parecen muy útiles que digamos a la hora de explicar el continuado ejercicio del poder de este individuo destemplado. ¿Quién se tomaría hoy en serio un análisis basado en estos mimbres que pretendiera dar cuenta de los millones de asesinados por Stalin o de la Endlösung del "problema judío" ordenada por Hitler? (Por cierto: curiosamente, la búsqueda en Google del sintagma "problema judío" arroja, como primer resultado: "Hugo Chávez habla del problema judío". ¿Por qué será?, se pregunta Ahmadineyad, mientras ordena construir un nuevo silo de cabezas nucleares apuntando a Tel Aviv). Y, por descontado, me parece una frivolidad y aun algo peor: una muestra de culpable indiferencia al destino de los venezolanos, seguir tratando a Chávez como un caso clínico. Porque eso quiere decir, entre otras cosas, que nos hemos resignado a pensar que Venezuela es un manicomio y, por tanto, que poco importa que lo gobierne Chávez o cualquier otro individuo destemplado que se tome por Napoleón (una excepción de peso, entre los comentaristas no venezolanos de prestigio, es el peruano Mario Vargas Llosa, quien además conoce y aprecia Venezuela al menos desde que recibió en este país el Premio Rómulo Gallegos en su primera edición, en 1967: verbigracia, en este reciente artículo).
 
Como no me resigno a dar por buena la ecuación Venezuela = frenopático, desgrano dos o tres coincidencias entre la más reciente vociferación de Chávez (nivel estúpido-irracional) y dos o tres realidades comprobables (plano contrastable-racional). Partiendo del supuesto de que lo primero es reflejo de lo segundo.
 
Antonini.1. El caso Antonini
 
En la prensa española se ha informado poco de este asunto. En resumen: Guido Antonini Alejandro Wilson es un empresario venezolano (también ostenta la nacionalidad estadounidense) que en agosto de 2007 fue detenido en el aeropuerto Jorge Newbery de Buenos Aires portando un maletín con al menos 800.000 dólares. Supuestamente, ese dinero iba destinado a financiar la campaña presidencial de Cristina Fernández de Kirchner y habría sido despachado desde Caracas por orden de Chávez o algún miembro de su gobierno. Investigaciones recientes apuntan al entonces ministro del Interior de Venezuela, Ramón Rodríguez Chacín. Oportunamente, Chávez le apartó del ministerio cuatro días antes de que el Departamento del Tesoro de USA anunciara que perseguiría a este individuo, y a otros dos miembros del Gobierno venezolano, por brindar ayuda logística y económica a las FARC.
 
Éste es uno de los inmediatos trasfondos del arrebato antiyanqui de Chávez. Después del reciente tanto que se anotó el presidente Uribe (una de las bêtes noires de Chávez) con la liberación de Ingrid Betancourt y media docena de secuestrados por las FARC, y ante la perspectiva de más revelaciones en el caso Antonini, que actualmente está en vistas en un tribunal de Miami; pero también a la espera de la filtración más o menos controlada de los contenidos de los laptops de Raúl Reyes, que aún no ha acabado de divulgar Interpol, Chávez se pone la venda antes de recibir la herida.
 
De paso: conviene saber que Rodríguez Chacín ha sido sustituido al frente de Interior por Tarek el Aissami, vinculado por su familia con el partido sirio Baaz y supuesto promotor de las actividades de Hezbolá en Venezuela. De nuevo: Ahmadineyad se abanica en su jardín de misiles geoestratégicos. Aunque no tanto, conviene matizar: una de las luchas de poder en Próximo Oriente más soterradas pero mortíferamente eficaces es la que opone a los hermanos sirios e iraníes.
 
2. La derrota en el referéndum de diciembre de 2007 y los comicios regionales de 2008
 
Mucho se debate en Venezuela desde hace meses sobre las previsibles reacciones del comandante a la probable derrota o mitigado triunfo de los candidatos oficialistas en las elecciones del 23-N (a alcaldías y gobernaciones). En un contexto marcado (por primera vez desde el muy manipulado referéndum revocatorio de agosto de 2004) por algo más que la sospecha de que una mayoría de venezolanos no aprueba la gestión de Chávez y el rumbo que éste pretende imprimir a las instituciones venezolanas. Sospecha que se ha acrecentado, desde fines de julio, tras la aprobación a toda prisa de 26 leyes en los últimos minutos válidos de una Ley Habilitante que otorgaba poderes al mandatario venezolano para imponer por decreto ejecutivo legislación no sometida a control previo por otros poderes del Estado o a discusión y debate ante los actores sociales.
 
Resulta que la casi totalidad de esas leyes impuestas hace menos de dos meses por decreto y sin consenso previo constituía el corazón de la consulta de diciembre de 2007. Los venezolanos, mayoritariamente, respondieron no a su adopción. O, lo que viene a ser lo mismo, a la profundización en ese socialismo del siglo XXI que Chávez pretende implantar en su país.
 
En otras palabras: ya desde julio, al menos, Chávez da muestras de nerviosismo. Y ante una probable segunda derrota de sus colores en las urnas ha comenzado a poner la carne en el asador.
 
3. El asador
 
(Dejo de lado circunstancias exógenas: léase el apoyo incondicional de Chávez a Evo Morales; incluso, por ahora, la utilización por Chávez del eje Moscú-Bielorrusia-Irán: hasta él, por más que sea un loquito de frenopático o de sesión junguiana guay, sabe que ninguno de estos actores pretende llevar a sus últimas consecuencias un enfrentamiento directo con EEUU).
 
El asador, como siempre en Venezuela, son los militares. Me atrevo a aventurar la hipótesis de que es con esto con lo que realmente tiene que ver el más reciente big bang verbal de Chávez. Y diplomático, ojo: no es poca cosa romper relaciones con Estados Unidos; aunque tampoco, por ahora, parece el ex golpista dispuesto a tensar más la cuerda: lo parecería si Chávez anunciara, por ejemplo, que el Estado venezolano está dispuesto a renunciar al ingreso de los más de 50.000 millones de dólares anuales que recibe del Imperio del Mal a cambio de crudo. Pero como no lo ha anunciado ni lo anunciará en un previsible futuro, me atrevo –hay que ver, cuánto arrojo– a este arriesgado pronóstico: pasadas las elecciones presidenciales en el eternamente monstruoso y agresivo Calibán del Norte, el eternamente virginal y vejado Ariel sureño, una vez represadas las turbulentas aguas locales (quizás incluso vía suspensión de los comicios de noviembre), volverá a lo de siempre: a insultar gratis et amore al "imperialismo yanqui" y, mientras, a vivir tan ricamente del petróleo vendido al serial rapist norteño.
 
El mejor analista en Venezuela de este asador infernal con ribetes militares es la periodista Rocío San Miguel. No tiene sentido que resuma su análisis (que ofrece un impecable resumen del contexto), ni que abunde en un tema que en Libertad Digital iremos explorando con más calma en las próximas semanas. Por ahora, invito a los lectores de este espacio a sentarse cómodamente en el sillón más mullido y degustar esta lectura, tan alejada de la estupidez que se le supone a los unos como de esa otra, hélas, que tan frecuentemente practicamos los otros.
 
Una vez más, aviso a navegantes: ni Chávez es un loquito disfrazado de simio, ni lo que pasa y está a punto de pasar en Venezuela puede dejarnos indiferentes. Aunque sólo sea porque este país ha formado y sigue formando parte de nuestra común historia, y porque el destino de sus habitantes nos es más cercano que el Bosón de Higgs. En años luz, por supuesto, y en mera historia compartida.
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