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ESTADOS UNIDOS

Hay que abolir el Obamacare

Supongamos que alguien, pongamos que el presidente de la nación, dijera: "Estamos hasta el cuello de deudas: en este momento debemos más de 14 billones de dólares. Tengo una gran idea para reducir el déficit, una idea que nos servirá para ahorrar 230.000 millones en los próximos diez años. Se trata de subir el gasto en 540.000 millones y los impuestos en otros 770.000 millones".


	Supongamos que alguien, pongamos que el presidente de la nación, dijera: "Estamos hasta el cuello de deudas: en este momento debemos más de 14 billones de dólares. Tengo una gran idea para reducir el déficit, una idea que nos servirá para ahorrar 230.000 millones en los próximos diez años. Se trata de subir el gasto en 540.000 millones y los impuestos en otros 770.000 millones".

Sí, quien propusiera algo así sería el hazmerreír del país. Pues bien, exactamente eso es lo que, según los demócratas, es la virtud del Obamacare. Durante el debate originado por el intento republicano de echarlo abajo, una de las principales bazas demócratas ha sido que el Obamacare reduce el déficit en 230.000 millones, y que, por consiguiente, su derogación no haría sino incrementarlo. Oiga usted, eso es lo que dice la Oficina Presupuestaria del Congreso (OPC): su director, Douglas Elmendorf, explica en su "análisis preliminar de la HR 2" (la iniciativa republicana para abolir el Obamacare):

La Oficina Presupuestaria del Congreso anticipa que la promulgación de la HR 2 probablemente daría lugar, entre los ejercicios 2012 y 2021, a una reducción en la recaudación fiscal de aproximadamente 770.000 millones de dólares, y a una reducción del gasto del orden de 540.000 millones.

Como apuntó el director de National Affairs, Yuval Levin, cuando sacó a la luz esa notable perla, el Obamacare es una desastrosa formar de combatir el déficit: un incremento radical del gasto aderezado con un incremento aún más radical de los impuestos.

Pero es que encima las cifras que se manejan, ese recorte de 230.000 millones, son una farsa. La OPC está obligada a aceptar cada premisa, promesa (de futuros recortes del gasto público, por ejemplo) y truco contable que el Congreso le remita. Todo lo que hace es llevar a cabo el cálculo que se le pide y escupir el resultado.

Sus pergeñadores se las arreglaron para que el paquete legislativo del Obamacare luciera unos números favorables en la OPC. Para empezar, cabe recordar que las prestaciones que concede –cobertura sanitaria subvencionada para 32 millones de personas– no entran en vigor hasta el año 2014. El paquete se diseñó deliberadamente para que cualquier proyección en la presente década contemplara sólo seis años de gasto, proyección que por otro lado recogerá la recaudación fiscal de diez años. Si cuentas diez años de ingresos y seis de gasto... pues claro que te sale una reducción del déficit. Vaya sorpresa.

¿Le parece una maniobra audaz? Pues atienda, atienda. El Obamacare no es que cree una nueva prestación (cobertura sanitaria universal), es que además crea la cobertura sanitaria universal vitalicia. Con una población en proceso de envejecimiento y unos servicios médicos que no hacen sino encarecerse, la promesa contenida en el Obamacare deviene forzosamente en el mayor coloso presupuestario de la historia del estado del bienestar.

Pues aun así, en los cálculos de la OPC este nuevo derecho reducirá el déficit a lo largo de los próximos diez años. En 70.000 millones, nada menos. ¿Cómo es posible? Pues recaudando ahora las primas y no pagando prestación alguna durante esos diez primeros años. ¡Bingo! Superávit. Temporal, claro. Como destacan el ex director de la OPC Douglas Holtz-Eakin y los expertos Joseph Antos y James Capretta,

sólo en Washington la invención de un programa insensato puede emplearse como baza para aceitar el camino para la implantación de una nueva prestación.

Yo, por mi parte, añadiría que sólo en Washington se puede denominar a una estafa semejante Ley de Servicios y Ayuda para Comunidades de Vida Asistida.

Que una reforma tan descomunal, que afecta tremendamente a la sexta parte de la economía nacional, se pueda vender de forma tan fraudulenta es sorprendente, incluso manejando los parámetros washingtonianos.

¿Qué deben de hacer los republicanos? Coger el toro por los cuernos. Poner al descubierto el timo, por muy aburrida que les pueda parecer la empresa. Mejor aún: convocar audiencias en el Congreso para que el director del OPC explique las cifras por sí mismo.

Sin duda, el efecto sobre el déficit no es el único criterio para juzgar el Obamacare. Pero la refutación implacable de las cifras que se nos están vendiendo facilita la puesta en cuestión del resto de las afirmaciones positivas que se hacen sobre el plan estrella del señor presidente. Como la reiterada promesa de que todo el mundo podrá conservar su seguro actual si así lo desea. Eso será si, por ejemplo, tu empresa te lo sigue ofreciendo. De hecho, millones de trabajadores se van a quedar tirados, porque sus empleadores tendrán todos los motivos del mundo para endilgárselos al sector público.

Todo esto no exime a los republicanos de preparar su propio plan, ya que serán juzgados en función de cómo den respuesta a las necesidades de los que carecen de seguro y a las inquietudes de los que sí lo tienen. Modificar un paquete legislativo demencialmente complejo, contradictorio, incoherente y arbitrario, ese tocho de 2.000 páginas que a su vez genera decenas de miles de páginas de reglamentos, es un imposible metafísico. Así que, para empezar, lo que toca es derogar.

 

© The Washington Post Writers Group

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