Pero Gerecht se ha convertido últimamente en la voz más prominente de la derecha responsable que defiende el ascenso al poder del islam radical. Para este fin, ofrece aforismos tales como "el benladenismo sólo puede ser
desbaratado por fundamentalistas" y "los musulmanes moderados no son la respuesta. Los clérigos chiíes y los fundamentalistas sunníes son
nuestra salvación de futuros 11 de Septiembre".
¿Cómo debe Washington tratar el continuo ascenso del islam radical entre los musulmanes sunníes de lengua árabe? La respuesta de Gerecht emerge de las historias opuestas de Irán y Argelia.
En Irán, los islamistas han gobernado el país desde 1979, incitando una alienación del islam radical que incluso ha alcanzado a las capas más altas de la
jerarquía religiosa. La revista
Time citaba
recientemente a un joven iraní que calificaba a su sociedad de "completa catástrofe" y que explicaba que la juventud intenta actuar como si la república islámica ni siquiera existiese. En palabras de Gerecht, "veintiséis años después de la caída del sha, la cultura yihadista de Irán está acabada".
El islamismo ha resultado ser su mejor antídoto. (No es coincidencia, pasó lo mismo con el comunismo).
En Argelia, sin embargo, Gerecht concluye que la represión del islam radical llevó al desastre. Cuando los islamistas estaban camino de una victoria electoral, en 1992, el ejército entró en escena y abortó la votación, llevando a años de guerra civil. Washington accedió a este golpe de Estado por lo que Gerecht llama la creencia de que "los regímenes dictatoriales que apoyamos, sin importar lo desagradables que fueran, eran más proclives a evolucionar políticamente en la dirección que queríamos que los fundamentalistas electos, que en realidad no creían en la democracia".

Mirando atrás, Gerecht juzga errónea la estrategia argelina. Una victoria electoral islamista en 1992 "podría haber distraído la pasión y las energías" de esos muchos argelinos que asumieron la violencia. Como en Irán, el islamismo en el poder probablemente habría estimulado un rechazo a la ideología simplista que postula que el Islam tiene todas las respuestas.
Gerecht concluye que Washington debe dejar a un lado sus dudas y animar a los islamistas sunníes a competir en elecciones. Dejar que lleguen al poder, que se desacrediten a sí mismos, que alienen a las poblaciones y que después sean arrojados al cubo de la basura de la historia.
A mi lema 'El islam radical es el problema, el islam moderado es la solución', Gerecht responde: "Los musulmanes moderados no son la respuesta". Su opinión puede resumirse así: "El islam radical es el problema y la solución". Este enfoque homeopático, obviamente, tiene cierta lógica. Socialmente, Irán está en mejor forma que Argelia.
Pero en Irán el control férreo islamista del poder ha exigido un precio humano y estratégico inmenso. Teherán se implicó durante seis años (1982-88) en operaciones militares ofensivas contra Irak, y aspira actualmente con ahínco a desplegar armamento nuclear. Argel no plantea problemas comparables. De haber llegado los islamistas al poder en Argelia, las repercusiones negativas habrían sido igualmente
devastadoras.
Al aceptar los horrores del mandato islamista, Gerecht está siendo innecesariamente derrotista. En lugar de reconciliarse pasivamente con décadas de gobierno totalitario, Washington debería ayudar activamente a los países musulmanes a navegar desde la autocracia hacia la democracia sin atravesar una fase islamista.
Esto, de hecho, es realizable. Como
escribí hace una década, en respuesta a la crisis argelina, en lugar de centrarse en elecciones rápidas, que casi siempre benefician a los islamistas, el Gobierno norteamericano debería transferir sus esfuerzos a metas más profundas y lentas: "Participación política, mandato de la ley (judicatura independiente incluida), libertad de expresión y de religión, derechos de la propiedad, derechos de las minorías y el derecho a formar organizaciones voluntarias (especialmente partidos políticos)". Las elecciones sólo deberían seguir al logro de estos pasos. Siendo realistas, lograrlo podría llevar décadas.
Las elecciones deben culminar el proceso democrático, no iniciarlo. Deben celebrar el logro de una sociedad civil. Una vez que existe tal sociedad civil (como pasa en Irán, pero no en Argelia), los votantes son poco proclives a llevar al poder a los islamistas.