Muchos ejemplos ilustran esta división. Para ver el más reciente, tómese el debate sobre Ahmed Omar Abú Alí entre la Administración conservadora de Bush y sus críticos, mayoritariamente progresistas.
Nacido en América de padres inmigrantes jordanos, Abú Alí, de 23 años, fue procesado la semana pasada por planear el asesinato del presidente Bush.
La acusación afirma que estaba en contacto con Al Qaeda, y que en 2002 discutió cómo eliminar a Bush por medio de "acercarse lo bastante al presidente como para dispararle en la calle", o bien colocando un coche bomba. La biografía de Abú Alí indica cómo puede haber terminado como operativo de Al Qaeda.
Asistió a la Academia Islámica Saudí de Alexandria, Virginia, graduándose en 1999 como el primero de la clase. Como avanzadilla de los valores saudíes en suelo americano, la academia disfruta de financiación del Gobierno saudí, está presidida por el embajador saudí en Washington y se jacta de tener un plan de estudios importado directamente desde Riad.

Mientras residía aún en América, Abú Alí desarrolló vínculos con los "
paintball jihadist" del norte de Virginia, nueve de los cuales han cumplido condenas en prisión. En el año 2000 fue a estudiar el Islam a su fuente, la
Universidad Islámica de Medina.
Los conservadores se centran en las noticias, que ponen los pelos de punta, de que un afiliado a Al Qaeda tuviera planes para matar al presidente de los Estados Unidos. Los progresistas apenas observan este suceso y se centran, en cambio, en la cuestión de si, mientras se encontraba bajo custodia saudí, Abú Alí fue torturado (
los funcionarios del Departamento de Justicia llaman a esto "una completa fabricación"). Obsérvese los editoriales de cuatro diarios del Noreste:
– The New York Times: este caso es "otra manifestación de lo que ha salido mal en la guerra federal contra el terror. En una tentativa indisciplinada de sacar declaraciones a cualquier sospechoso concebible, los funcionarios norteamericanos han trabajado con países como Arabia Saudí".
– The Washington Post: "Los tribunales necesitan asegurarse de que no se utilizan pruebas obtenidas mediante tortura –con o sin connivencia por parte del Gobierno de Estados Unidos– para condenar a gente en tribunales americanos".
– The Baltimore Sun dice, chorreando sarcasmo: "Al desclasificar una condena federal contra Ahmed Omar Abú Alí, el Gobierno de Estados Unidos acaparó los titulares acerca de un presunto complot islamista, en lugar de que lo hiciera el encarcelamiento sin motivo de un ciudadano norteamericano en Arabia Saudí. Retrató a Abú Alí como alguien distinto a una víctima de tortura. El Gobierno puede pensar que su secreto está a salvo. Pero no lo está".
Estos analistas progresistas no muestran preocupación alguna porque un ciudadano norteamericano entrenado por el Gobierno saudí en Virginia sea sometido a juicio por planear asesinar al presidente. Rehúsan explorar las implicaciones de esta imponente noticia. No ofrecen alabanza alguna a las fuerzas del orden por haber frustrado un caso de terrorismo. En su lugar, se centran exclusivamente en procedimientos de evidencias. Sólo conocen las libertades civiles; la seguridad nacional no cuenta. Pero, como
escribe correctamente el primer ministro Blair, "no hay mayor libertad civil que vivir libres de ataques terroristas".
Para lograr un equilibrio apropiado, los occidentales deben plantearse qué sucede en caso de error ante la amenaza islamista. Los errores que hacen más eficaz la seguridad nacional hacen que inocentes pasen tiempo en prisión. Los errores que incrementan las libertades civiles producen asesinatos en masa y quizá un estado similar al Talibán (con su ausencia casi completa de libertades civiles).
¿En cuál elige poner el énfasis, estimado lector?