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VENEZUELA

El derrumbe del régimen

Después de ocho años viviendo en auto-exilio, en un país organizado, modesta y dignamente, ya nada me ata materialmente a Venezuela. Pero espiritualmente tengo todavía bastante que perder. Por ello, continúo pendiente de lo que allí sucede.


	Después de ocho años viviendo en auto-exilio, en un país organizado, modesta y dignamente, ya nada me ata materialmente a Venezuela. Pero espiritualmente tengo todavía bastante que perder. Por ello, continúo pendiente de lo que allí sucede.

Veo un país en desintegración, mientras otros aún ven un paraíso. Objetivamente, sin embargo, pocos dudan de que el gobierno atraviesa graves problemas de estabilidad, como sucede inevitablemente con todos los gobiernos que dependen de un solo hombre, llámese éste Hitler, Stalin, Perón, Somoza, Gadafi o Mugabe. Hugo Chávez es un hombre aún joven, pero, después de 13 años de desenfrenado ejercicio del poder, luce agotado, ya obeso, ni sombra de lo que fue cuando dio el golpe militar, en 1992. Tiene numerosos tics nerviosos y está claramente afligido por varios problemas físicos y, peor aún, por un progresivo desequilibrio mental. Se encuentra ya obligado a ir a Cuba con cada vez mayor frecuencia para sus tratamientos psicosomáticos, ya que no confía en los profesionales venezolanos ni aun en sus más cercanos colaboradores. En cada ausencia se acentúa el deterioro de un equipo que ya no es equipo, que quizás nunca lo ha sido. Sus lugartenientes, esto es documentable, son casi todos muy mediocres, cuando no ladrones o ineptos, y en esas manos, digan lo que digan las encuestas que maneja Jesse Chacón, el país está en caída libre. No se trata de lo que uno quiera o no quiera, sino de lo que está sucediendo ante nuestros ojos.

La zarzuela chavista está en pleno desarrollo, ahora con el grotesco episodio habanero. Según la versión oficial, Chávez se sintió mal en La Habana y Fidel Castro, según las palabras que Chávez usó, le ordenó hospitalizarse y someterse a una operación que, aun para la medicina cubana, es relativamente sencilla y tiene un 97 por ciento de éxito: el drenaje de un absceso pélvico.

El problema no es el suceso, sino la manera como el régimen lo está manejando. En primer lugar, el país no sabe lo que sucede realmente. No hay un parte médico fehaciente, como sería lo natural. Parece ser que la operación no fue de emergencia, sino planificada, lo que confirmaría la desconfianza de Chávez hacia la medicina venezolana. Desde Cuba, en humillante postura de dependencia emocional de los Castro, Chávez pretende seguir gobernando por control remoto, a pesar de que ello viola las leyes del país. Jaua, el extirapiedras universitario, ahora nuestro vicepresidente, no conoce sus deberes, pues dice: "No se equivoquen conmigo, yo soy muy leal y no tomaré las riendas del gobierno"; a pesar de que eso es claramente lo que le dictan las leyes. Jaua es "leal" a Chávez, no al país. Parte del gabinete está o ha estado en Cuba, mientras Chávez está drenando su absceso o lo que realmente le aflija.

Evidentemente, el país se enfrenta a una profunda crisis de gobernabilidad, la cual se ha venido gestando por un largo tiempo. No tengo dudas de que esto que se llama revolución se viene abajo estrepitosamente. Las ratas como José Vicente Rangel están deseosas de saltar del barco. El mismo Chávez, en una carta muy cursi dirigida a Soto Rojas en demanda de más dinero, admite que el gobierno está "tres pasos por delante del caos". Define a su gobierno, sin darse cuenta, como un verdadero esquema Ponzi político, pues es fácil ver a Chávez pedaleando furiosamente mientras el caos amenaza rebasarlo.

Desafortunadamente, este derrumbe del régimen coincide con una gran mediocridad del liderazgo opositor. Entre la oposición hay gente excelente: Leopoldo López, Capriles Radonsky, María Corina Machado, Antonio Ledezma, entre otros; pero el bloque de legisladores da ganas de llorar, y las actuaciones de la MUD son de una debilidad patética. Es necesario que emerja una sociedad civil fuerte y decidida que tome las riendas de la reconstrucción nacional.

Mientras tanto, asistimos asombrados a la implosión de un régimen grotesco.

 

© El Cato

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