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Cuba y los sordos que no quieren oír

A la Cuba de Castro con frecuencia le atribuyen un caudal notable de “dignidad”. Y es cierto: la tienen los demócratas y disidentes que se juegan la vida y la cárcel por defender sus ideales. La tienen esas mujeres y hombres que condenan la dictadura y los procedimientos autoritarios que ésta utiliza.

A la Cuba de Castro con frecuencia le atribuyen un caudal notable de “dignidad”. Y es cierto: la tienen los demócratas y disidentes que se juegan la vida y la cárcel por defender sus ideales. La tienen esas mujeres y hombres que condenan la dictadura y los procedimientos autoritarios que ésta utiliza.
Ó. Biscet es un emblemático preso político cubano (www.cubamcud.org).
Sus supuestos delitos –los de la oposición– no lo son en ningún país de América: escribir artículos en publicaciones del exterior, hablar con periodistas extranjeros, tener o prestar libros prohibidos. Basta protestar por un atropello para ser acusado de apátrida o de venderse a los yanquis. Mucho valor hay que tener en la patria de Martí para enfrentarse a esa maquinaria de difamación y castigo.
 
A lo largo y ancho de América Latina, durante los 70 y los 80 los gobiernos autoritarios y las dictaduras, apoyados en las fuerzas armadas, utilizaron el método de perseguir a los opositores y reprimirlos severamente, recurriendo, además, a una forma de castigo social tan sutil como devastadora. Son esos, exactamente, los mismos instrumentos en que se apoya el Gobierno de Cuba, pero agravados por la incorporación de las crueles técnicas de control estalinistas aprendidas por los cubanos durante su larga dependencia de los soviéticos.
 
Esta fórmula, en las sociedades presas del totalitarismo, resulta muy eficaz, genera miedo en los allegados a los valientes, mina la confianza familiar y construye una línea de reproches que tiene por objeto disminuir la autoestima y reducir la voluntad de lucha de los opositores.
 
El dictador de Cuba, Fidel Castro, detenta el poder desde 1959.En los centros de estudio de Cuba las autoridades aperciben a los alumnos cuyos familiares expresan su oposición al régimen, fomentando algunas veces actitudes de hostigamiento por parte de sus compañeros. A los trabajadores les sucede lo mismo en sus centros de trabajo. Se organizan actos de repudio o "escraches" en los domicilios de líderes y militantes demócratas, verdaderos pogromos en los que la turba, dirigida por el Gobierno, insulta, humilla y a veces golpea a los disidentes. Se destruyen familias por la acción de "agentes de la seguridad" encargados de "seducir" a un miembro de la misma y luego revelar que en realidad era una operación policial. Estos son algunos ejemplos que recogemos de los comentarios que nos llegan a diario.
 
En América Latina, en las dictaduras de los 80 se encuentran innumerables ejemplos tanto de severa y criminal represión de la oposición como de "sutil tortura social"; sobre su existencia y práctica no debe haber dos opiniones: son siempre reprobables y constituyen una dolorosa rémora. Ambos métodos en Cuba se practican sistemática y profesionalmente desde hace mucho tiempo. Se practicaron en la década de los 60, en la de los 70, en la de los 80, en la de los 90 y han entrado al nuevo milenio plenamente vigentes.
 
Un viejo adagio dice: "No hay peor sordo que el que no quiere oír"; y esta realidad que todos conocemos, esta dolorosa realidad que muchos cubanos soportan y frente a la cual se revelan con valentía temeraria, para una inmensa cantidad de latinoamericanos no hace "ruido". Es triste pero inocultable: víctimas de una lamentable hemiplejia moral provocada por los enemigos de la libertad, los hermanos latinoamericanos de Cuba conviven en nuestra Patria Grande con una mayoría de "sordos que no quieren oír".
 
Una señal de madurez y verdadero apego al compromiso por la vigencia de la Libertad y los Derechos Humanos en América Latina no se acaba en la condena al pasado, en el reclamo de verdad y justicia sobre el mismo que recorre la geografía de nuestras tierras. Debe indefectiblemente contener una actitud vigilante sobre el presente. Si esto es así, el liderazgo latinoamericano, las mujeres y hombres que influyen en su realidad no pueden renunciar a abrir sus oídos al "ruido" que desde hace mas de cuarenta años se produce desde Cuba.
 
 
Jaime Mario Trobo, ex ministro y ex presidente del Congreso de Uruguay, donde actualmente cuenta con un escaño.
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