![]() | Hace ocho años, la segunda Administración Clinton realizaba esfuerzos titánicos para sacar adelante su proceso de paz entre israelíes y árabes. Madeleine Albright y Dennis Ross realizaron un trabajo encomiable que concluyó en un estruendoso fracaso, que no dudaron en endosar a Yaser Arafat. Ahora, como entonces, una Administración en su tramo final trata de resolver uno de sus problemas más complejos deprisa y corriendo, concentrando para ello recursos y tiempo como si la seguridad internacional dependiera de ello.
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– Clinton fue el gran protagonista y principal animador de Camp David, mientras que en esta ocasión lo es Rice.El segundo mandato de Bush nos ha mostrado un presidente que delega en sus secretarios, en especial en aquellos con los que tiene una larga relación y que le han demostrado lealtad personal. No sabemos en qué medida Bush cree en la iniciativa; de lo que no cabe duda es de que ésta procede de su secretaria de Estado, sobre la que además recae el peso de la negociación.– Camp David se desarrolló con un presidente saliente: Clinton, pero con dos dirigentes en plenitud política: Arafat y Barak. Estos últimos se jugaban mucho, como el tiempo demostró, pero tenían un importante margen de actuación. Había optimismo porque si querían, podían. No es el caso hoy.Olmert dirige un Gobierno extremadamente impopular que, entre otros indiscutibles logros, tiene el haber gestionado la peor campaña militar de la historia de Israel, con el resultado de una derrota ante una guerrilla que ni siquiera cuenta con el respaldo de su propio Estado. Abbás, por su parte, preside un No Estado en situación de guerra civil latente y es incapaz de imponer su autoridad en partes significativas del territorio. Por edad, Abbás tiene más que ver con el pasado que con el futuro. En cualquier caso, su palabra tiene un escaso valor por la ya citada carencia de autoridad.– La estrategia negociadora impuesta en Camp David por el anfitrión fue colocar todos los problemas sobre la mesa y plantearlos conjuntamente. Pronto se vio que, a pesar de las dificultades objetivas, los negociadores israelíes y palestinos avanzaban. Sin el obstruccionismo de Arafat, quizás el acuerdo hubiera sido posible. Pero el fracaso de Camp David llevó a revisar la estrategia.La Hoja de Ruta (Road Map) se fundamentó en las lecciones aprendidas de la experiencia Clinton. Si no era posible ir a una negociación total, lo más sensato sería ir poco a poco, logrando concesiones mutuas que generaran confianza entre las partes y crearan el ambiente necesario para afrontar la recta final, en la que esperaban los temas más delicados y complejos. Combatir el terrorismo y congelar los asentamientos eran los primeros pasos.Resulta evidente que la Hoja de Ruta nunca llegó a ponerse en práctica. Tras ese fracaso, Rice ha optado por una combinación de los dos modelos: una conferencia que fije los objetivos en una declaración con la mayor concreción posible y, tras ella, un proceso negociador que los convierta en realidad. El problema reside en que no es fácil fijar objetivos concretos sin antes desbrozar la solución de los cuatro grandes temas: derecho de retorno, fronteras definitivas, estatuto de Jerusalén y terrorismo.– En Camp David había tres delegaciones, mientras que en Annapolis se esperan muchas más.Estados Unidos busca la complicidad y corresponsabilidad de grandes naciones árabes, pero para lograrlo tiene que ofrecer garantías de éxito, de que la comunidad palestina logrará sus objetivos básicos.Egipto ya ha dado su visto bueno. Sin embargo, su dependencia económica de Estados Unidos resta valor a su apoyo. La clave está en Arabia Saudí, el gran legitimador y financiador del mundo árabe, el avalador del movimiento islamista y terrorista Hamás. La casa de Saúd no ve razones para creer en un proceso lleno de incógnitas y ambigüedades, y por ahora no ha dado su pleno apoyo.